Cada
amanecer con vagos recuerdos de mis sueños, que a lo largo del día iré
olvidando y el ligero canto de los pájaros entrando por mi ventana, son algunas
de las muchas razones por las cuales odio levantarme los domingos.
Lo
defino como la maldición después del sábado, un día inundado de barbaridades y
libertad, que colocan sueños sin derecho alguno en mi mente, cosas sin sentido
que van en busca de ser, tarde o temprano, una realidad.
Domingo
en el que los rolling stones me acompañan por medio de mi pijama, mi vieja
pijama negra que siempre amanece un poco desacomodada a razón de que paso horas
dando vueltas en la cama, intentando encontrar, el lado frío de la almohada.
¿Qué
puedo hacer? He intentado varios meses romper con la rutina en la que vivo, he
tratado de disminuir mi temperatura corporal al bañarme con agua fría pero
termino con largas respiraciones e intensa frialdad por dentro, siempre termina
igual.
Es
como si mi vida tuviera un instructivo, o quizá una hora de entrada y salida a
la fabrica de días aburridos en la existencia de una adolescente racional y
pensante, que recorre caminos que nadie mas conoce con solo sacudir su cabello
y tronar los dedos; tan solo un momento le basta para caer en el juego de nuevo
y caminar por los senderos de lo inexistente.

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